ZURBARÁN
y el galeón de Portobelo


          Goza el ingenio de acompañarse con la erudición, dice un emblema del barroco, y un suceso de vanidad, vivido en el galeón español del capitán Diego de Mirafuentes en plena mar Océana, (y que acabó en pleito) ha servido para echar mucha luz sobre la pintura de Zurbarán, el comercio con las Indias, y los valores vigentes en el siglo de oro.

          "Ese es un viva-la-virgen" decimos todavía hoy para señalar al golfo, si es caradura y relajado. Y eso viene porque, en los tiempos de la Armada de la Mar Océana, el último en cuadrarse cuando se llamaba a la tripulación a formar en cubierta, tenía que dar un fuerte grito a la patrona "¡Viva la Virgen del Carmen!" para significar que estaban ya todos. Naturalmente, el grito, siempre procedía del grumete o marinero más despistado o fresco, y de ahí le venía el apodo de ser el "vivalavirgen" del barco.

          Seguramente fue algún "viva la virgen" el que arruinó al capitán Diego de Mirafuentes la coartada que se había construido para negar su responsabilidad en lo sucedido. Todos recibieron instrucciones precisas para negar los hechos y atribuir a la tempestad los daños de la carga, pero algún "vivalavirgen" no se enteró o le importaba una higa de su capitán y contó lo de la fiesta.
          El pleito lo puso el pintor en 1640 en la Casa de Contratación de Sevilla; ha sido investigado por Palomero Páramo, y lo cuenta Benito Navarrete Prieto en el prólogo de la exposición itinerante sobre Zurbarán y su Obrador, que estará en Nueva York del 16 de noviembre al 9 de enero. Pero la anécdota podemos recrearla nosotros con imaginación a partir de algunos testimonios literales del caso.

          Así, uno de los ayudantes de Zurbarán, Diego Muñoz Naranjo, declara que "asimismo a oido desir a este testigo que yva con el dicho don Diego de Mirafuentes que en una fiesta que hicieron por la mar colgó en el galeón muchas de las dichas pinturas y de esa causa le pudo suceder el maltratarse"

          Zurbarán participó desde su Obrador o taller de pintura (una especie de equipo de producción masiva) instalado en "quarto anexo a los Reales Alcaçares de Sevilla" en el proceso de producción de arte para cubrir la demanda de los conventos, palacios y casas nobles del Nuevo Mundo. Solo en veinte años se alcanzó la cifra impresionante de 1.309 obras documentadas, según recoge Kinkead. En este embarque de 1636 las pinturas debían llegar a la feria de Portobelo en Panamá y desde aquí a la Ciudad de los Reyes en la Lima del Perú. Los lienzos se enviaban consignados en rollos, encajonados y forrados con arpilleras, con una memoria que describía el contenido de las cajas y el precio en Sevilla. Al regreso del galeón, el artista cobraba los beneficios descontada la ganancia del intermediario que podía ser el propio capitán del galeón, lo que no ocurrió, como él esperaba, en 1638.

          "La pintura enviada era muy buena –dice otro testigo- y la maior parte della eran originales hechos en casa de el dicho Francisco Surbaran por su mano y de otros oficiales de el arte de la pintura de los mejores de esta dicha çiudad"

          "Y que si los uviera querido bender es esta ciudad –añade un tercero- se los pagaban aventajadamente por ser mui buenos y que la causa de darselos al dcho D. Diego de Mirafuentes fue porque le dijo que en las Yndias le haria dar tresdoblado el dinero que aquí le davan por ellos.

          La extensa documentación de otros envios y los detalles revelados en este pleito muestran la principal finalidad emuladora de la nobleza y la erudición, que por encima incluso de la religiosidad, parece ser el principal motor de la demanda de pinturas.
          Así, cuando Zurbarán dice respecto a un envio que en la carga iban "doze lienços de pintura de doze sesares rromanos a caballo de tres baras menos cuarta de alto que yo le entregué en esta ciudad de Sevilla para que los llebase a yndias" , se está refiriendo a este tipo de copias al óleo de 2,30 x 1,83 m, de los grabados de Tempesta que ilustraban la edición de la "Vida de los doce césares" de Suetonio con las que el poseedor se ennoblecía con lo mejor del imperio romano, con las grandes figuras de la Biblia, con los "onbres ynsignes" y muy particularmente con la saga completa de los "siete principes del cielo" los tres arcángeles canónicos que aparecen en la Biblia Miguel, Rafael y Gabriel, y los cuatro apócrifos Uriel, Seatiel, Jheudiel y Baraquiel.

          Los indígenas se identificaron de inmediato con estas criaturas fantásticas y las incorporaron a su folklore (con ellos nacería también la escuela de pintura cuzqueña),

José Manuel Gironés
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mientras, los nobles y adelantados y los capitanes de la Mar Océana soñaban con adornar su prestigio con la erudición de los antiguos césares, y en una travesía, seguramente no exenta de damas, un capitán quiso deslumbrarlas con un banquete en cubierta –al estilo de los palacios- desenrrollando las pinturas de Zurbarán para lucirse, arruinándolas con la inesperada tormenta. Después, a la hora de rendir cuentas ante Zurbarán en la Casa de Contratación, fue un "vivalavirgen" quien le arruinó a él, rompiéndole la coartada que se había organizado.





Zurbarán y su Obrador exposición del Consorcio de Museos de la Comunidad Valenciana que se exhibe en el Spanish Institut de Nueva York (684 Park Avenue N.Y.) hasta el 9 de enero.


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