LA ESPAÑA PROFUNDA
Sorolla y la Hispanic Society
Internet es ya el único punto de encuentro universal entre los tiempos que para siempre se fueron y las gentes actuales y las que vendrán. La vida moderna borra las huellas del pasado a gran velocidad. Sólo las reservas, las colecciones antropológicas y los museos guardan fragmentos de unas señas de vida rural y campesina, que fueron comunes hasta bien entrado el presente siglo XX y que está al alcance de cualquier cibernauta redescubrir.
"España es un gran museo al aire libre, único en su género, que guarda tesoros de arte, de gentes, de épocas". La frase de 1921 no es de Joaquín Sorolla, y podría haberlo sido, no es de Archer Huntington y podría haberlo sido. La frase, dirigida al rey Alfonso XIII, es de Kurt Hielscher, fotógrafo alemán que prefirió no participar en la Gran Guerra (1914-1918) y se dedicó a conocer España sistemáticamente. A inmortalizarla con su cámara Ica, la inseparable.
La comprensión de la extraordinaria muestra Sorolla y la Hispanicé Society que con carácter excepcional e irrepetible ha sido presentada por el Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid y el de Bellas Artes San Pío V, en Valencia, tiene la clave en dos interrogantes. Qué supuso para el célebre pintor tan gigantesco encargo, que puede decirse le costó la vida. Y qué realidad de España profunda fue aquella, - de la que se empaparon los cuatro, Huntington, Hielscher, Sorolla y el propio Alfonso XIII- que venía heredada de siglos y que ya no está ahí.
El primer viaje por España de Archer Huntington, la visita de Alfonso XIII a las Hurdes, y la gira completa de Joaquín Sorolla y Kurt Hielscher por la Península en la segunda década de este siglo, constituyen un epílogo glorioso a la gran saga de los "viajeros" (Gustavo Dorè, Laborde, Merimé) que hicieron en suelo hispano un arquetipo de ese género.
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Archer Huntington, hijo único de uno de los hombres más ricos de América enamorado de España desde niño, hizo de su vocación de hispanista la tenaz razón de su existencia. Mientras España y los Estados Unidos guerreaban por Cuba, en 1898, él viajaba por el Norte de la Península para descubrir y afirmar –contra viento y marea- los insólitos valores históricos, sociales y artísticos de lo español. Su encuentro con Sorolla fue crucial para ambos, y la primera exposición del pintor valenciano en Nueva York -160.000 personas en 30 días- con motivo de la inauguración del museo Huntington en la Hispanic Society, el espaldarazo definitivo de ambos hacia la fama.
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Enfrascado en la edición y el personaje de Mío Cid, Archer Hungtinton pidió a Sorolla que plasmara la historia de España en una serie de grandes acontecimientos en formato gigante para los salones de la Hispanic. Sorolla, ya en plena madurez, se vio desbordado e incapaz de afrontar la documentación que requerían las escenas para un friso de 70 metros de largo por casi 4 metros de alto, en los que plasmar la historia de uno de los países más complejos de Europa. Rechazó la oferta. Huntington comprendió su error y volvió a formularle el impresionante reto, esta vez bajo el encargo de pintar las provincias de España y Portugal con sus gentes y el espíritu de sus regiones.
Sorolla filtró por su paleta la esencia misma de la España de las regiones y, con tremendo esfuerzo de síntesis, a través de los bocetos que han podido estudiarse en la Tyssen y el San Pío V de Valencia, resolvió el encargo del magnate americano que hoy da fama universal y visitantes a la Hispanic Society de Nueva York.
Al mismo tiempo, y por bien diferentes motivos –principalmente por su antimilitarismo convencido- el joven alemán, Kurt Hielscher, seguía los caminos de todas las regiones de España, en las mismas fechas y con las mismas intenciones de Joaquín Sorolla. Para capturar el arte y el espíritu de sus gentes e inmortalizar unas formas de vida que estaban ya, a punto de desaparecer.
El cotejo en internet www.union-web.com/sorolla-hielscher de los mismos lugares y hasta diríamos que de los mismos personajes entre el pintor y el fotógrafo, constituyen un elocuentísimo testimonio. Los aragoneses de Ansó, los navarros del Roncal, los lagarteranos de Toledo, y hasta el burro de Segovia parecen ser los mismos.
Gana sin duda Sorolla en la fuerza expresiva de sus pinceles al captar el espíritu de las gentes como conjunto, pero quizás sean aún más expresivos los detalles fotográficos de Hielscher. Una joven de Vejer cubierta con la shador morisca, un cementerio romano todavía en uso en Elorria, un castro ibérico habitado como pueblo en Extremadura, son testimonios del remoto pasado que han llegaron vivos a este siglo y constituyen un precioso hallazgo para los buceadores de su recuerdo en internet.
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