| Ciento
cincuenta y cuatro personas son muy importantes.
Lo son para
quienes las quieren, para quienes las necesitan,
para quienes en sus vidas ellos ocupan un lugar
irreemplazable de sentimientos, proyectos, secretos,
mensajes y palabras que ya nunca serán dichas
ni oídas. Estas personas han muerto y quienes
las quieren, porque aún las quieren (el
amor no se apaga como un electrodoméstico)
tendrán que reparar sus vidas durante
años porque un motor de avión no
fue reparado como debía. ¿Quién
es el responsable de su mantenimiento? El del
avión, claro.
Algún periódico ha apuntado
que hay que buscar la causa del accidente en
las dificultades económicas de la compañía;
que a la compañía, su propietario,
otra compañía aérea, la
había puesto “en venta” porque
no era rentable; que Iberia, por último,
hubo de renunciar a su compra porque el
Gobierno de la Generalitat de Catalunya se opuso,
ya que Spanair opera desde El Prat e Iberia desde
Barajas. No decían más, pero eso
es tirar la piedra y esconder la mano. Eso es
como decir que el culpable del accidente es el
nacionalismo catalán, y eso es injusto,
tendencioso y, sobre todo, desde el punto de
vista de la información periodística,
falso y nos deja sin conocer la verdad.
La compañía tiene dificultades,
cierto, pero con los actuales precios del petróleo ¿qué compañía
aérea no tiene dificultades? ¿Acaso
el que una compañía tenga dificultades
económicas priva de la seguridad exigible
a sus vuelos? Ésa es la pregunta que debemos
hacernos. A quienes crean que si Iberia hubiera
comprado Spanair en Mayo esto no se hubiera producido,
debo recordarles que la empresa responsable del
mantenimiento de los motores de Spanair es precisamente
Iberia Mantenimiento. Es decir, las reparaciones
las hacen ya los mecánicos de Iberia que
es una de las empresas más prestigiosas
en el sector.
¿Por qué, pues, ocurrió el
accidente? Ya han pasado muchos días y
aún no tenemos una versión verosímil
de las causas. Ni siquiera tenemos una descripción
de los últimos segundos del vuelo. De
la trayectoria final. Peor, en realidad tenemos
varias versiones, distintas y contradictorias.
Esto es inadmisible. Después de una catástrofe
como esta se produce una ceremonia insoportable
de confusión, mentiras, informaciones “escalonadas”,
intervenciones de políticos, peleas “informativas” entre
las agencias, televisiones, periódicos
y “portavoces” que aumentan la angustia
de los afectados, confunden a los ciudadanos
y terminan hastiando a todo aquel que trata de
saber la verdad. ¿Se trata de eso? De
esconder la verdad. ¿Por qué?
¿Por qué se fueron dando cifras
cada vez más altas de muertos después
del accidente? ¿Por qué ese escalonamiento? ¿Acaso
los españoles somos una clase de párvulos
a los que hay que darles la noticia poco a poco? ¿Acaso
los familiares tendrían menos esperanza
de saber que los suyos se han salvado si les
dicen que sólo ha habido unos pocos supervivientes? ¿Hay
que esperar a tenerlos, a los familiares, recluidos
todos con psicólogos para decirles la
verdad? No me lo creo. No lo acepto. Tenemos
que acostumbrarnos a vivir en una sociedad libre
e independiente del poder político ; donde
las cosas se sepan sin que haya un Rubalcaba
que nos las dosifique; donde los responsables
de la actividad que sea den la cara ante sus
usuarios sin intervenciones públicas;
donde las investigaciones las hagan jueces, policías
o detectives de los afectados; donde los políticos
sólo intervengan en sus mítines
electorales; donde la vida y la muerte sea interpretada
por los ciudadanos a su criterio, en su ámbito
privado; donde los ciudadanos, usuarios de lo
que sea, tengan instrumentos para exigir responsabilidades
que hagan temblar a los facinerosos y fraudulentos.
Ahora vamos sabiendo que
las condiciones del vuelo eran algo dudosas, que
la propia compañía
se planteó cambiar el avión, que
al final se decidió despegar con el mismo
aparato con el que “se había dado
la vuelta”, que algún pasajero pidió abandonar
el vuelo y no le dejaron, que lo que nos dijeron
al principio no era exacto.
Lo que no sabemos es quién hizo que
el vuelo “se diera la vuelta”. Si
fue el piloto: qué motivos tuvo y con
qué argumentos se mantuvo el avión
después; quién tomó esa
decisión, por qué alguien lo hizo;
y por qué la Compañía trata
de contradecir a toda una Ministra en algo tan
evidente. Aquí hay gato encerrado. Nos
están mintiendo y lo peor de todo, es
que no acierto a explicarme por qué.
Un accidente es algo que
no pone en entredicho la necesidad o la seguridad
del transporte aéreo.
Un accidente no hace sospechosas a las compañías
aéreas. La falta de explicaciones, las
mentiras, el retraso en conocer la verdadera
causa de este accidente, sí. Hoy las compañías
aéreas están bajo sospecha. Ocultan
más de lo que debieran… tal vez
nuestro próximo vuelo no debería
despegar.
Y es que la investigación es un desastre.
La intervención de la Sra. Ministra de
Fomento en el Congreso, ha sido lamentable, vergonzosa.
No por los datos aportados, que algo había
de interés, sino por sus continuos errores,
tartamudeos, indecisiones y frases sin acabar.
Las infraestructuras de un país son sus
arterias y esqueleto y, aquí, se las tienen
encomendadas a alguien que parece el paradigma
de la incompetencia, o al menos esa es
la imagen que da. ¿Y los demás
portavoces? Sólo saben poner cara de perplejos,
de “pasmaos”, con los ojos muy abiertos,
y así llevan seis meses. No es algo sorprendente:
de aviación, de motores de aviones, de órdenes
y permisos de despegue, de todo eso que ahora
se baraja, no tienen ni idea. Unos folios de
guión escritos por un colaborador tercero,
que seguramente se tiraría de los pelos
al ver de qué poco valían sus desvelos
por ofrecer una información útil.
El único con sentido común
y algo de experiencia, es el abogado de las víctimas,
que ya intervino en otro accidente aéreo,
que ha dicho que si la investigación judicial
se retrasa por culpa de la “comisión
de investigación” parlamentaria,
algunos de los responsables de la catástrofe
se quedarán sin castigo porque el delito
ya habrá prescrito cuando los juzguen.
Estas palabras marcan la utilidad, agilidad y éxito
que hay que esperar de estas investigaciones
parlamentarias. Sólo sirven para retrasar
el conocimiento de la verdad.
Puede resultar cruel
recordar ahora el poema de Mariano Povedano,
periodista él: “Se
diga lo que se diga, qué bonito es un
entierro….”, pero es a lo que se
apuntan nuestros políticos, a figurar
delante de las cámaras. Si les dejaran
contratarían plañideras a su lado.
Catástrofe es ocasión para ellos
de buena imagen en un hotel de Madrid dando el “pésame” a
no quiero saber quién; pero yo les
propongo que acudan a los cementerios de
media España dentro de un mes, sin cámaras,
para paliar lo que había dicho otro poeta
antes:”… ¡Dios mío,
qué solos se quedan los muertos!”.
No lo harán, estarán muy ocupados
en sus cuitas.
Hay que conocer la verdad.
Es necesario que esta vez se sepa lo que pasó, cuándo
pasó y qué hizo cada cual para
que esta catástrofe se produjera. Los
familiares no van a cejar en su empeño
por conocer la verdad y yo quisiera que el resto
de los ciudadanos no los dejemos solos ni a ellos
ni a los muertos.
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