OPINIÓN
 





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Líneas aéreas bajo sospecha

por Carlos Morenilla


Ciento cincuenta y cuatro personas son muy importantes. Lo son  para quienes las quieren, para quienes las necesitan, para quienes en sus vidas ellos ocupan un lugar irreemplazable de sentimientos, proyectos, secretos, mensajes y palabras que ya nunca serán dichas ni oídas. Estas personas han muerto y quienes las quieren, porque aún las quieren (el amor no se apaga como un electrodoméstico) tendrán que reparar sus vidas durante años porque un motor de avión no fue reparado como debía. ¿Quién es el responsable de su mantenimiento? El del avión, claro.

Algún periódico ha apuntado que hay que buscar la causa del accidente en las dificultades económicas de la compañía; que a la compañía, su propietario, otra compañía aérea, la había puesto “en venta” porque no era rentable;  que Iberia, por último, hubo de renunciar a su  compra porque el Gobierno de la Generalitat de Catalunya se opuso, ya que Spanair opera desde El Prat e Iberia desde Barajas. No decían más, pero eso es tirar la piedra y esconder la mano. Eso es como decir que el culpable del accidente es el nacionalismo catalán, y eso es injusto, tendencioso y, sobre todo, desde el punto de vista de la información periodística, falso y nos deja sin conocer la verdad.

La compañía tiene dificultades, cierto, pero con los actuales precios del petróleo ¿qué compañía aérea no tiene dificultades? ¿Acaso el que una compañía tenga dificultades económicas priva de la seguridad exigible a sus vuelos? Ésa es la pregunta que debemos hacernos. A quienes crean que si Iberia hubiera comprado Spanair en Mayo esto no se hubiera producido, debo recordarles que la empresa responsable del mantenimiento de los motores de Spanair es precisamente Iberia Mantenimiento. Es decir, las reparaciones las hacen ya los mecánicos de Iberia que es una de las empresas más prestigiosas en el sector.

¿Por qué, pues, ocurrió el accidente? Ya han pasado muchos días y aún no tenemos una versión verosímil de las causas. Ni siquiera tenemos una descripción de los últimos segundos del vuelo. De la trayectoria final. Peor, en realidad tenemos varias versiones, distintas y contradictorias. Esto es inadmisible. Después de una catástrofe como esta se produce una ceremonia insoportable de confusión, mentiras, informaciones “escalonadas”, intervenciones de políticos, peleas “informativas” entre las agencias, televisiones, periódicos y “portavoces” que aumentan la angustia de los afectados, confunden a los ciudadanos y terminan hastiando a todo aquel que trata de saber la verdad. ¿Se trata de eso? De esconder la verdad. ¿Por qué?

¿Por qué se fueron dando cifras cada vez más altas de muertos después del accidente? ¿Por qué ese escalonamiento? ¿Acaso los españoles somos una clase de párvulos a los que hay que darles la noticia poco a poco? ¿Acaso los familiares tendrían menos esperanza de saber que los suyos se han salvado si les dicen que sólo ha habido unos pocos supervivientes? ¿Hay que esperar a tenerlos, a los familiares,  recluidos todos con psicólogos para decirles la verdad? No me lo creo. No lo acepto. Tenemos que acostumbrarnos a vivir en una sociedad libre e independiente del poder político ;  donde las cosas se sepan sin que haya un Rubalcaba que nos las dosifique; donde los responsables de la actividad que sea den la cara ante sus usuarios sin intervenciones públicas; donde las investigaciones las hagan jueces, policías o detectives de los afectados; donde los políticos sólo intervengan en sus mítines electorales; donde la vida y la muerte sea interpretada por los ciudadanos a su criterio, en su ámbito privado; donde los ciudadanos, usuarios de lo que sea, tengan instrumentos para exigir responsabilidades que hagan temblar a los facinerosos y fraudulentos.

Ahora vamos sabiendo que las condiciones del vuelo eran algo dudosas, que la propia compañía se planteó cambiar el avión, que al final se decidió despegar con el mismo aparato con el que “se había dado la vuelta”, que algún pasajero pidió abandonar el vuelo y no le dejaron, que lo que nos dijeron al principio no era exacto.

Lo que no sabemos es quién hizo que el vuelo “se diera la vuelta”. Si fue el piloto: qué motivos tuvo y con qué argumentos se mantuvo el avión después; quién tomó esa decisión, por qué alguien lo hizo; y por qué la Compañía trata de contradecir a toda una Ministra en algo tan evidente. Aquí hay gato encerrado. Nos están mintiendo y lo peor de todo, es que no acierto a explicarme por qué.

Un accidente es algo que no pone en entredicho la necesidad o la seguridad del transporte aéreo. Un accidente no hace sospechosas a las compañías aéreas. La falta de explicaciones, las mentiras, el retraso en conocer la verdadera causa de este accidente, sí. Hoy las compañías aéreas están bajo sospecha. Ocultan más de lo que debieran… tal vez nuestro próximo vuelo no debería despegar.

Y es que la investigación es un desastre. La intervención de la Sra. Ministra de Fomento en el Congreso, ha sido lamentable, vergonzosa. No por los datos aportados, que algo había de interés, sino por sus continuos errores, tartamudeos, indecisiones y frases sin acabar. Las infraestructuras de un país son sus arterias y esqueleto y, aquí, se las tienen encomendadas a alguien que parece el paradigma de la incompetencia,  o al menos esa es la imagen que da. ¿Y los demás portavoces? Sólo saben poner cara de perplejos, de “pasmaos”, con los ojos muy abiertos, y así llevan seis meses. No es algo sorprendente: de aviación, de motores de aviones, de órdenes y permisos de despegue, de todo eso que ahora se baraja, no tienen ni idea. Unos folios de guión escritos por un colaborador tercero, que seguramente se tiraría de los pelos al ver de qué poco valían sus desvelos por ofrecer una información útil.

El único  con sentido común y algo de experiencia, es el abogado de las víctimas, que ya intervino en otro accidente aéreo, que ha dicho que si la investigación judicial se retrasa por culpa de la “comisión de investigación” parlamentaria, algunos de los responsables de la catástrofe se quedarán sin castigo porque el delito ya habrá prescrito cuando los juzguen. Estas palabras marcan la utilidad, agilidad y éxito que hay que esperar de estas investigaciones parlamentarias. Sólo sirven para retrasar el conocimiento de la verdad.

Puede resultar cruel recordar ahora el poema de Mariano Povedano, periodista él: “Se diga lo que se diga, qué bonito es un entierro….”, pero es a lo que se apuntan nuestros políticos, a figurar delante de las cámaras. Si les dejaran contratarían plañideras a su lado. Catástrofe es ocasión para ellos de buena imagen en un hotel de Madrid dando el “pésame” a no quiero saber quién; pero  yo les propongo que acudan  a los cementerios de media España dentro de un mes, sin cámaras, para paliar lo que había dicho otro poeta antes:”… ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”. No lo harán, estarán muy ocupados en sus cuitas.

Hay que conocer la verdad. Es necesario que esta vez se sepa lo que pasó, cuándo pasó y qué hizo cada cual para que esta catástrofe se produjera. Los familiares no van a cejar en su empeño por conocer la verdad y yo quisiera que el resto de los ciudadanos no los dejemos solos ni a ellos ni a los muertos.