Carlos Morenilla
De Fray Luis de León,
que fue además de un clérigo respetado,
escritor de mérito y profesor universitario,
no se recuerda popularmente sermón alguno,
fragmento de escrito o discurso magistral, aparte
de su “decíamos ayer”
con que inició su primera clase después
de estar tres años encarcelado por la Inquisición.
Ha quedado tal frase como el paradigma del desprecio
por los motivos que provocan una interrupción
forzada e injusta.
En la antigüedad, está
el “Eureka” de Arquímedes,
que se ha convertido en el grito que acompaña
a cualquier descubrimiento. Algunos personajes,
pocos, tienen el privilegio de tener dos frases:
a Julio Cesar se le atribuye que exclamó:
“¿Tú también
Bruto?” como reproche a la traición
del amigo y también lo de “álea
íacta est” (la suerte está
echada) que hasta algunos repiten en latín
para referirse a una decisión sin retorno
posible. Probablemente a Hernán Cortés
lo recordarían mejor si, además
de quemar las naves, hubiera pronunciado una frase
del impacto de la de Julio Cesar, pero hasta entre
los héroes tener una frase marca diferencias.
Desde entonces hasta nuestra
España actual podemos encontrar muchas
fases definitorias de un personaje, como el “y
sin embargo, se mueve” de Galileo,
pero la tarea sería interminable. Me centraré,
entonces, en los políticos de nuestra democracia.
Se recuerda, del que lamento su penosa situación
de salud, el esperanzador discurso de Adolfo Suárez
que siempre empezaba por aquello de “puedo
prometer y prometo”, ya nos gustaría,
hoy, poder creer a alguien como a él. Siguió
el sagaz y lógico discurso de Felipe González
con su “por consiguiente….”,
y a pesar de lo mucho que en ocho años
dijo Aznar como presidente, no consiguió
que olvidáramos: “Váyase,
señor González!”,
como ejemplo del acoso implacable. Federico Trillo
tuvo suerte y sin pretenderlo soltó aquello
de “manda huevos”
que ha quedado como epíteto de todo lo
complicado e incomprensible. La cosa de la frase
llega a tal extremo, que en los muchos siglos
de reyes que tiene España, de ninguno se
recuerda frase alguna hasta el acertadísimo
“¿por qué no te callas?”
de Don Juan Carlos. La frase tiene su miga porque
es incontestable. Tan acertada y mundialmente
famosa se ha hecho que hasta el interpelado ha
terminado por ponerse una camiseta con ella. Con
toda seguridad Don Juan Carlos, del que nadie
recuerda una sola palabra de su famoso discurso
en la noche del 23 F, pasará a la historia
unido a esa frase.
Así que, a cualquier
político o personaje que se precie, más
le vale encontrar una frase o pasará de
la fama al olvido sin que nadie recuerde quién
fue o qué hizo de provecho.