Los expertos en el tema de la
violencia escolar están de acuerdo: Hay que
restablecer la autoridad docente en los centros
educativos para frenar la violencia escolar. Lo
dicen de un modo o de otro, pero coinciden: enseñar
los límites sin caer en el autoritarismo
ni la permisividad; enseñar el respeto mutuo
y el respeto a las normas y a los límites.
Los expertos señalan que se deben dejar claro
a los jóvenes los límites firmes sobre
comportamientos inapelables, aplicar sanciones consistentes
–ni punitivas, ni físicas- a las acciones
inaceptables y al quebrantamiento de las normas.
Con otras palabras, los expertos advierten que la
permisividad –por el temor al enfrentamiento
o por no haber entendido correctamente que es educar
y enseñar- es caldo de cultivo para la violencia
escolar, además de dañar al joven
en su educación correcta. No haber entendido
el binomio libertad-autoridad ha resultado nocivo
para la educación y para la sociedad. No
hace falta ser un experto en educación y
enseñanza para saber que sin autoridad, sin
el respeto a la autoridad del profesor, no es posible
ni aprender ni educar; un respeto y una autoridad
que son compatibles, faltaría mas, con la
libertad, aunque no, por supuesto, con el libertinaje.
Y los expertos señalan como medio imprescindible
dignificar la figura del profesorado dándole
formación, competencias y recursos; es decir,
también autoridad. Hay que apoyar la figura
del profesor, y los padres, por una malentendida
preocupación por los hijos, no los apoyan
–siempre el hijo tiene razón frente
al profesor, lo que, evidentemente, no es cierto-;
un apoyo que debe provenir de toda la comunidad
educativa.
Sin embargo, no conviene olvidar, hacerlo seria
desastroso, que los niños trasladan a la
escuela el ambiente que viven en sus casas, en su
familia; algo que obliga a que la familia se involucre
decididamente en la educación, en atajar
la violencia escolar. ¡Es posible educar en
convivencia y paz si todos unen los esfuerzos! Un
esfuerzo que hay que hacerlo ¡ya!, pues dejarlo
para mañana o encogerse de hombros esperando
que escampe es un barbaridad, un “autentico
suicidio”.
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