LÓPEZ MARTÍN SILVIA
ANDRONEA 3ºC
Del recuerdo...
El tiempo es algo tan simple como el caer de una lágrima... se desprende del ojo del cielo y termina por precipitarse al vacío en medio del llanto del existir.
Al final olvidamos que esa gota de cambios corre en busca de algo denominado futuro, al final no pensamos que los relojes traicionan porque sólo nos interesa tomar aire, respirar mirando al norte, y creer en que el mañana será del color que nosotros lo queramos pintar, pero es mentira...
Los momentos encajan, la vida es como un puzle, y ella, Amparo para quien más la quiere y conoce, se limita ahora a terminar de colocar esas últimas piezas que al parecer olvidó, tiene 83 años y está dispuesta a dejar que la arena resbale por el desierto temporal un siglo más. Hoy es distinto su modo de sentir, hubo primaveras de pasión vital y ahora en pleno invierno no puede dejar de preguntarse la razón de tanto cambio, y no es sólo ella, las cosas son diferentes para muchos, quizás para todos, porque nadie es capaz ya de distinguir el bien del mal o el trigo de la cebada, y no es una tontería, ¡qué va!, es más complicado que eso.
Amparo se remonta en ese pasado que aún le sabe a lava y nota como le hierven las entrañas, recuerda la radio encendida en la cocina y esa voz que en apariencia surgía de la nada, todavía tiene en mente el brillo metálico del primer coche que llegó en el verano del 25 a Torás, y no puede evitar la profunda angustia del impotente cuando piensa en tanto sueño de juventud aniquilado por una guerra que en el fondo no llegó a comprender.
Y hay miles de nombres que vuelven para perpetuar el alarido de nostalgia. Miguel Montesinos Máñez, el hermano y niño-hombre que alumbró la infancia de nuestra Amparo fue víctima de la tragedia, la maldita guerra se lo llevó a lo mán hondo del infierno y ahora, 60 años después, todos continuamos llorando su muerte...
Corría el año 37, había caído el día y resonaba alto el llanto de la noche en la noche misma. Tres golpes secos devolvieron a la realidad a la familia de Montesinos, alguien tocaba a la puerta... ¿quién sería?. María, la mujer de la casa, salió al corral y preguntó.
Soy yo madre, he vuelto a verlos.
Y así fue, primero las lágrimas, los abrazos y los besos, después vinieron las súplicas. Amparo gritaba con los puños apretados "¡Miguel no te vayas... no te vayas!".
Pero la puerta se cerró, Miguelin salió por ella creyendo que era hombre y sintiendo que tenía que abrazar a la patria, se secó el sudor de miedo con la maldita bandera y se tapó los oídos para no escuchar los gritos.
Hacer la guerra era un juego que se les escapaba poco a poco de las manos... los soldaditos aprendieron a proyectar la zozobra en las blandas piedras, en el frente había sangre caliente todos los días y angustia, y metralla. Las trincheras guardaban los anhelos rotos de millones de inocentes y nadie sabía porqué endiablada razón había que disparar, algunos cerraban los ojos y lanzaban las balas al horizonte con la esperanza de que se perdieran en el rancio de cualquier vacío.
El tío Abanero y Pascual el Jaco estaban en el escuadrón de Miguel. Ellos aún recuerdan la masacre, entonces sin entender nada eran rojos como podían haber sido verdes o negros.
El color de la muerte se les pegó como un presagio, y ahora saben que todos aquellos muchachos que yacían inertes en el lodo no buscaron el fin, aún tenían muchos besos por delante, besos que ya no darían porque el polvo no entiende de sentimientos .
Fue aquel martes de abril un mal día, el pánico les hizo vomitar de rabia y huyeron de la trinchera, Miguelin los siguió porque ya no tenía sentido permanecer en el infierno. No había esperanza.
El enemigo virtual acechaba como un ave de rapiña y ellos sólo eran presas fáciles. Corrieron en mitad de la noche rogándole a la luna algo de luz para encontrar la verdad...¿qué hacían ellos allí?.
El Jaco pensaba en su novia, sólo quería tener la oportunidad de volver a verla, el tío Abanero no sabe, no recuerda que le vino a la cabeza en aquella noche interminable, y Miguel... ¿quién sabe?, tal vez el presentimiento lo llenaba entero, quizás volvieron a él todos los días de sueño, a lo mejor notó de veras que la vida es más que el lento transcurrir de las horas. La vida es amar, no importa qué, cuánto ni cómo, lo fundamental es amar, las palabras, las caricias...
Y al fin, cuando no podían seguir corriendo por las venas de la tierra encontraron una cueva en la que guardar sus ansias. Sólo eran niños y aquello les venía grande, juntos y abrazados lloraron hasta que el día se les echó bien encima, con el sol comenzó el tormento.
Los compañeros de Miguel comprendieron que aquello no era seguro, no podía serlo, en medio de dos frentes lo único que puede amparar es la inmortalidad. El Jaco decidió salir y arriesgar en lo que sería una última y desesperada huida hacia el futuro, el Abanero también corrió en el trigal, pero Miguel soñó que la maldita cueva era el pasaporte al mañana, se quedó... y aquella fue su tumba.
Una bomba cayó cuando no debía en el sitio equivocado y la vida estalló en mil pedazos, la ilusión saltó por los aires... la injusticia es el perfil más certero de la realidad, no es posible comprender porque a veces los cuchillos apuntan al cielo con insultante arrogancia.
Amparo recuerda la llegada de la noticia, fue lanzada como una patata caliente y abrasó. Ella sabe que ese día la esperanza se rompió en tantos añicos como penas sobran. La muerte se hizo palpable y demostró lo inútil de aquel juego en el que era imposible ganar.
Aún así queda el testimonio de lo que fue vida, siendo muy niño Miguelin hizo un anillo con una moneda, quería encontrar alguien a quien regalárselo. El aro permanece vacío, no es fácil darle forma de amor a un chavo... no es fácil encontrar el sentido a los errores más tristes. Amparo guardó el anillo pero ya no sabe donde anda, Dios no pudo contener la tormenta y la sortija rodó hacia el imposible olvido. Miguel no entregó el símbolo, no le dieron tiempo.
Acabó la guerra y con ella terminó el primer calvario, lo de después fue peor, sí, cuando aún sangraba la tierra algunos intentaron reconstruir el presente para huir de un pasado de llanto; de nuevo giraron los ejes de las carretas. Muchos cogieron los viejos cántaros y marcharon a por agua a la fuente del delirio, y los candiles, y las misas, las cruces, las caballerías y el tenue quejido del insomne, todo volvió... pero los carros se transformaron por arte de magia en tractores, se rompieron las vasijas y los rezos quedaron sepultados en el silencio, las cosas tornaron aunque distintas, un mago llamado progreso facilitó la metamorfosis.
Y ahora Amparo nos mira desde su altarcito de experiencia y sólo puede pensar en la asimilación del cambio, ella aún no se ha acostumbrado a la ausencia del chirriar de esos ejes que alguien se empeñó en no engrasar.
Hubo un tiempo en el que había límites tangibles par los sueños, hoy no se puede acotar la realidad porque el presente nos sepulta bajo un manto de continua variación, no hay fronteras materiales ni agua en las antiguas fuentes... pero una voz, que surge del fondo de la galaxia, insiste en hacernos entender que la lágrima del tiempo se ha desprendido del ojo del cielo y está a punto de estrellarse en el vacío.
¿Qué ocurrirá cuando cese el llanto si es que cesa?.
Amparo me ha dicho que se ha perdido el anillo de Miguel, a lo mejor también se han perdido las respuestas a las primeras preguntas.
ANA MANSERGAS MONTE
3ºC
"¡AY! ¡ Y CÓMO HEMOS CAMBIADO!"
"Recuerdo que era domingo, día que libraba mi marido. Normalmente ibamos a misa por la mañana y después de comer al cine, al teatro, a pasear... pero ese día se nos ocurrió ir a Montán ( un pueblo catellonense). Quisimos hacer una excursión a la fuente del Madroñal. Sobre las 9 de la mañana cogimos un autobús, llegamos a las 12 del mediodía y, como a tu madre todavía le costaba andar, ¡alquilamos un borrico! para que la llevara.

¿De qué te ríes? lo hacía mucha gente y no sólo para los domingos. Esto consistía en que el dueño venía con nosotros donde fuéramos, se encargaba del burro y, a cambio, le dabamos el almuerzo, comida, merienda... Este hombre se sentaba lejos de nosotros ,había otros que compartían contigo no sólo las comidas sino hasta las compañías. A cada cosa que le ofrecíamos el hombre no ponía ninguna pega , simplemente decía "¡ea!". Yo le decía "vol un troçet més de llonganiça?", el decía "ea", "vol un poquet més de ví ?", "ea", "vol algú cigarret?", "ea, ea, ea...". Mientras me contaba esta anécdota, sentada en el sofá,reía a más no poder.
Ella, supongo que como todas las abuelas de cada familia, es el ejemplo más vivo del antes y del después, o del pasado y del presente. Tras sus gafas espesas, pesadas y grandes no se pueden casi ni percibir sus ojillos pequeños y grisáceos que ya no se inmutan por nada, ni siquiera por el recuerdo.Ha vivido tanto, 84 años, y tantas desgracias , una guerra y su tremenda pobreza, que le han hecho fuerte por dentro; aunque parece romperse por fuera. Cuando terminó de contarme la historia del burro, saltó con la frase de siempre ¡ay hija, cómo hemos cambiado!. Frase que siempre pasaba desapercibida hasta que esa noche sentí la curiosidad de conocer una forma de vida totalmente diferente a la mia. Me senté con ella y me contó cosas, tan comunes hoy para mí y tan nuevos para ella en su dia, que me hicieron pensar.
- Yaya, ¿y cómo era la vida antes de la televisión?
Orgullosa de que me interesara por sus cosas y nerviosa porque no sabía hablar delante de una grabadora, comenzó a contarme lo que hacía un día cualquiera.
- Pues mira, al levantarme me lavaba por encima. ¿Qué si no me duchaba? ¡Qué va sólo los domingos!. Me ponía la ropa de trabajo y salía a la calle. En el "mercao" compraba lo del día ya que no teníamos neveras; si se quería conservar algo para el día siguiente o se hervía o se freía en las cocinas de gas. Sí, de gas. Funcionaban si echabas un chavo (moneda grande de estilo romano) a una especie de calentador individual que cada uno tenía en casa. Con una cerilla lo encendías y ya estaba preparado para guisar o para encender las lamparitas de la casa. No hija, no, las velas tienen más años que yo , eran de la época de mi madre.
Por cierto, ¿sabes una cosa?, había hombres ( los faroleros) que, con palos muy largos arriba de los cuales había una llama, iban cuando oscurecía o cuando aclaraba el día por la calle encendiéndo y apagándo las farolas que estaban en las avenidas.
- Pero abuela continua
- ¿Por dónde iba?
- Que ibas a comprar
-¡Ah!, sí. Después de comprar en esos mercados, iba a trabajar.
¡Qué va, qué va! andando hija, iba andando. No había ni coches, ni motos , sólo bicis pero normalmente las llevaban los hombres. Espera, que yo recuerde a veces cogía el tranvía pero cuando tenía un chavo para pagarlo. Tantos coches como ahora, ¡ni pensarlo!. Sólo tenían los ricos, y no todos. Después del trabajo , sobre las 7 de la tarde, a casa. ¿Qué si salía un ratito con mis amigas? ¡A casa y a ayudar a mi madre!. Cenábamos y a dormir; aunque antes hacía media y ganchillo en el comedor con mi madre y mi hermana escuchando algunas canciones, noticias o películas que "echaban por la radio" ( si era invierno nos calentábamos con un brasero de carbón). Las radios no eran como la que tienes en tu cuarto, eran grandes, de madera y pegadas a la pared. No se utilizaban como ahora a toda hora sino en exclusivas ocasiones pues teníamos que ahorrar.
Así trascurrían los días de lunes a sábado hasta que llegaba el deseado domingo. Todos lo esperábamos con ilusión. Era el día que nos tocaba baño, lavar la ropa y pasear con la familia, las amigas o ,quien tuviera, con el novio pero siempre acompañados de una tercera persona, nunca solos.
Me contó mi abuela que ¡ni siquiera tenía agua corriente!. ¿Sabéis qué hacía? todas las veces que necesitaban agua para beber iba hasta la fuente de la calle. También había un pozo en cada casa. Eran pozos comunitarios, dice que bajabas por la ventana que daba al interior un cubo enganchado con un cordel y cuando lo llenabas lo subías "poquet a poquet".Por cierto, el cordel también lo utilizaba para abrir las puertas, me explicó que al no haber telefonillos automáticos si ibas a la puerta 1, pegabas una tocada, si ibas a la 2, dos tocadas... entonces desde la puerta de la casa correspondiente había una cuerda que empalmaba con la de la calle y no era menester bajar las escaleras (aunque he de decir que eran fincas de como mucho tres pisos).
Volviendo al pozo, el agua de éste servía tanto para lavar como para bañarse. Bueno si así se puede llamar al hecho de meterse dentro de una palancana, enjabonarse y enjuagarse con una regadera de las de regar las plantas. ¡Ah! y el agua caliente, a calentarla en un puchero al fuego. A la hora de lavar (a mano, por supuesto), se ponía primero la ropa en jabón .luego en lejía y finalmente se enjuagaba. Se tardaba como un par de horas en hacer lo mismo que hoy una máquina lo hace en unos 30 minutos. Aunque tampoco le importaba tanto porque tenían una "muda"especial para el día festivo; pero sin abusar pues el lunes por la mañana la única blusa blanca y falda azul que poseía, tenía que estar preparada para ir a coser. ¡Sólo tenía un conjunto para trabajar, un vestido para las fiestasy un camisón para dormir!. Qué contradicción, antes el domingo era el día esperado, todos se arreglaban y se reunían; en cambio, hoy la mayoría de gente detesta ese día bien por sentirse solos o bien por no saber qué hacer.
Sus bodas de plata marcaron un antes y un después en su vida.Se marchó a un piso en el centro, tuvieron su primera televisión, lavadora, teléfono, ascensor... Cuenta que la primera vez que vió una tele fue en un bar, se quedó asombrada, pero lo más gracioso es que pensaba que los que estaban detrás de la pantalla la veían a ella también . No entendía el funcionamiento de los nuevos aparatos,simplemente se conformaba con saber el botón de encender o apagar. Aunque todos estos "aparatejos" ya los domine mejor que peor, intenta no equivocarse nunca porque si por casualidad falla en algín botón ¡apaga y vámonos!.Es en estos detalles cuando pienso que mi abuela no encaja del todo en este presente, aunque , la verdad, yo tampoco encajaría en el suyo.
Me alegro por tenerla a mi lado pero a la vez me entristezco al pensar que algún día ya no la tendré. Además de a una abuela perderé el único testimonio que me queda de la vida de antes. Cuando quiera ya no podré, habré perdido un montón de oportunidades, tendré muchas dudas y lagunas de lo que llamamos el pasado. Me quedaré en un mundo cada vez más mecanizado donde ya nadie se gana la vida encendiendo farolas, alquilando burros...Y lo peor de todo es que no sólo se están "mecanizando" las cosas, también las personas.
17-XI-97
ROMERO DE LA MERCED, JUAN MANUEL
3ºC
El mundo antes de la televisión
La verdad es que hacer un recordatorio de mi vida me resulta un tanto difícil, no por el motivo de pensar todo lo que me ha ocurrido sino porque la memoria ya falla, síntoma claro de la entrada en años, sin embargo creo que podré hacer un recordatorio de como fue una época difícil y al mismo tiempo bonita.
Nací en Teruel en 1914, año problemático en donde por ejemplo el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austro-hungaro era asesinado en Sarajevo o en donde Alemania declaraba la guerra a todo el mundo y también cuando se abría la puerta definitiva entre el Atlántico y el Pacífico con el canal de Panamá.
Sin embargo todos estos acontecimientos logicamente me pasaban desapercibidos. A los 6 años comencé a ir a la escuela para ir a hacer los 6 años de EGB o primaria. Todavía recuerdo en ese colegio municipal como recitabamos de memoria los ríos, las capitales del mundo,... Una vez terminados estos estudios, dado que había que ayudar en casa, me puse a trabajar en la construcción, empleo que me duró un año.
Así que me busque el sustento en otro lado y gracias a un amigo de mi padre conseguí un empleo en una fábrica de gaseosas en la que curiosamente el único empleado que había era yo junto al jefe. Durante los ratos en los que no iba a trabajar ayudaba en todo lo que podía en casa, y sobre todo en la agricultura, que era el trabajo de mis padres. Recuerdo como para desplazarnos de un lugar a otro lo hacíamos en carro ya fuera éste guiado por un burro o por un mulo, por cierto, que una vez jugando con el burro en el establo me descuidé y me dio una coz que me arrancó medio diente y que posteriormente sustituiría por uno de oro que es el que actualmente brilla en mi dentadura.
Mi casa era como las demás, humilde, pero limpia. La vivienda no tenía agua con lo cual todas las mañanas teníamos que ir a una fuente cercana con 2 cántaros y un botijo. Tampoco disponiamos de aseos pero sí de luz, o por lo menos de una bombilla que es la que alumbraba debilmente la cocina, puesto que en el resto de la casa teníamos que ir con unos candiles de mecha.
A los 16 años salí por primera vez de mi Teruel y curiosamente fue a Valencia para ver las fallas de ese año. Este viaje obviamente lo realicé por regalo de mi jefe en la fábrica de gaseosas. A pesar de que los ninots de las fallas me impresionaron mucho lo que más me llamó la atención fue el mar, ese mismo que había visto en fotografias. No podía entender como alguien podía bañarse allí dentro, tan hondo y tan salvaje con las olas, creía que él que entraba ya nunca iba a salir. Aparte del precioso Mediterráneo aún recuerdo cuando los mulos empujaban a las enormes barcazas de pesca en el mar puesto que no había gruas ni nada por el estilo. Por aquel entonces Blasco Ibañez, hoy una de las calles más desarrolladas de la ciudad era una salida al mar con playa incluida.
Los domingos los pasaba normalmente jugando a la pelota a mano, que era mi deporte favorito y por la noche me iba al cine que es donde mejor lo pasaba. Cuando hacían toros me ponía en una puerta de entrada y la mayoría de las veces me colaba sin pagar aunque algunas veces el portero me pillaba pero como ya me conocía me dejaba entrar.
Cuando encontré novia deje un poco de lado a mis amigos, que eran más juerguistas que yo, y en vez de ir de baile o a los bares me iba con ella de paseo hasta la hora de ir al cine y una vez acabado éste le acompañaba hasta su casa y yo daba por terminado mi día festivo.
Poco después de acabar la mili fuí trasladado a Zaragoza por mi oficio en el ejército. En la capital de Aragón no hacia demasiado ya que estaba un poco impresionado por la gran cantidad de coches que circulaban y que no estaba acostumbrado a ver en Teruel.
Mi único paseo era recorrer el camino hasta el Pilar una y otra vez, aunque me acuerdo que cierto día abrieron unos grandes almaceces que se llamaban "El Sepu" y que según anunciaban tenían unas escaleras que te subían y bajaban sin hacer esfuerzo. Como te puedes imaginar allí estaba yo junto a los demás soldados subiendo y bajando sin parar como si fueramos crios.
De Zaragoza me trasladaron a Valencia y después de estar aquí unos meses marché a Barcelona. Si la impresión de Zaragoza fue grande la de Barcelona fue mayor: "cuanta gente y cuanto alboroto". Me quedaba extrañado de la rapidez con que se movían las personas de un lado a otro, los coches que pitaban y las numerosas tiendas que había. Hace 2 años estuve por allí y la verdad es que la impresión fue igual de grande que cuando estuve allí por primera vez. Lo que hacen las Olimpiadas.
Después de Barcelona volví a Valencia para después, recién casado, marchar hasta la Línea de la Concepción (Cádiz). Aquello ya se asemejaba más a lo que yo había vivido, Población pequeña, tranquila y que incluso no disponía de estación de ferrocarril. Para llegar hasta allí había que ir en autobús desde Algeciras que es hasta donde llegaba el tren.
Una vez pasada la guerra y tras haber vivido en varios sitios provisionales llegué a Valencia en donde estuve hasta 1955. El cambio de Valencia de aquellos días a éstos ha sido grande sobre todo en la zona del puerto y en la de la periferia (Ruzafa, Avenida de la Plata,...).

También recuerdo en el ámbito deportivo la existencia de un campo entrañable, el de Vallejo en donde el Levante años después conseguiría su mayor éxito como fue el ascenso a 1ª división. Yo nunca fuí ni soy ahora futbolero pero era una gozada ver a toda aquella humilde gente del Cabanyal animar a su equipo y dedicando todo tipo de "piropos" al árbitro y al contrario, aunque sin con la inocencia siempre por delante.
A finales de 1955 marché hasta Madrid, ciudad cosmopolita como ninguna con su variedad de gentes que vienen de todas partes. Por aquel entonces se estaba construyendo la famosa plaza de Castilla en donde hoy se asientan los famosos juzgados o las polémicas Torres Kio. También cuando podía, marchaba a pasear por el Retiro en donde se podían ver a las niñas con sus calcetines de perlé peinando a sus muñecas o al niño con boina corriendo detrás de una pelota. Por supuesto aquí el tráfico era extremadamente grande pero quizás lo que más me llamó la atención fue el gran número de autobuses que había y sobre su tamaño, que eran de 2 pisos, como los de Londres.
En aquel Madrid todavía era posible ver esos trolebuses y tranvías que recorrían la Gran Via, era una especie de sueño americano.

La gente madrileña nos tenía un tanto estereotipados por el hecho de ser de "provincias" aunque tennía un encanto especial, un símbolo de aglutinamiento de todas las regiones, puesto que Madrid era sin duda junto a Barcelona el lugar donde se podía encontrar trabajo más fácilmente.
Por el 1958 marché hasta San Sebastián y allí tuve el placer de tener como soldado al director de cine, Elías Querejeta. Este hecho ocurrió concretamente en el Regimiento de Ingenieros número 6 de San Sebastián. Elías por aquel entonces era jugador de la Real Sociedad, y a pesar de que era un chico de pocas palabras siempre estaba dispuesto a ofrecerme un par de entradas para ir al fútbol que yo, normalmente rechazaba al no gustarme demasiado este deporte. Poco después Elías se convertiría en uno de los mejores directores de cine españoles. Otro hecho que destacaría de San Sebastían fue la subida al monte Eguinaldo que se hacia en funicular y que por aquel entonces no se estilaba mucho. Aunque al principio no me parecía muy seguro eso del funicular después de probarlo me quedé con ganas de repetir.
Después de San Sebastián me trasladé definitivamente hasta Valencia en donde reposó de toda una vida llena de viajes. Ahora me pasó las horas sentado en mi sillón delante de un aparato llamado televisor y haciendo las rutinas de un clásico jubilado.
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LAS PALLOZAS ACAMPAN EN INTERNET
El Bierzo es una de las tierras más fascinantes pero más desconocidas de
todo el estado español. Envuelta entre montañas y montañas, antesala de
Asturias y Galicia, esta comarca leonesa siempre ha resguardado innumerables
secretos. La zona noroeste berciana, eje de este relato, ya pocas veces
permanece incomunicada a lo largo del año. Pero no siempre ha sido así.
Anllares del Sil es una de las pedanías de ese noroeste berciano. La
población actual es de 42 habitantes. Cuarenta años atrás había 400 personas,
unos 70 vecinos, expresión que designa el número de casas habitadas.
Los pupitres y los bancos de madera aún permanecen en la escuela que
albergaba a los más jóvenes. Se entraba a los seis años y había un único
maestro para todos ellos. En su ausencia -frecuente en períodos invernales,
cuando no era posible entrar al pueblo- era el cura quien oficiaba las
clases. En el recreo era común jugar al futbol con pelotitas muy pequeñas,
en un patio cubierto anexo al aula que hoy sólo cobija alpacas. Las niñas
tenían su propia profesora, pero hacía falta pagar por su enseñanza, en
clases nocturnas. En invierno, los alumnos tenían que llevar a clase un
trozo de leña, para que la estufa calentara la estancia durante todo el día.
Era obligatorio que toda la gente joven rezara cada tarde el rosario, en la
iglesia. Paralelamente al inicio escolar se empezaba a ayudar en las tareas
domésticas, como cazar, regar, recolectar frutos o cuidar el ganado. Esto
último incluía varios casos: podía ser en tierras privadas -prados, sobre
todo- o en comunes -de nadie o del pueblo-. Mayor riesgo suponía llevar el
ganado a las brañas; hacía falta atravesar senderos durante todo un día y,
por la noche, encerrar los animales en trousas -recintos circulares de piedra,
de aproximadamente dos metros de altura- y dormir en las cabañas de la propia
braña. Eso sí, estas excursiones tenían momentos muy emocionantes, como subir
a los caballos que había sueltos y lanzarse a tierra en carrera, o pescar
grandes truchas con la mano, atrapándolas con una mano y contra alguna piedra
del río.
Las actividades de ocio en el pueblo, junto a los demás habitantes, eran
variadas. La gente joven se reunía en el Filandón, para contar chistes y
leyendas, jugar a las cartas, todo ello acompañado de las castañas asadas.
Todos los domingos había baile, gracias al tocadiscos de un bar. El cine
llegaba al pueblo una vez al mes. Un hombre, subido a caballo, llegaba a
Anllares del Sil y proyectaba una película en la misma sala donde los más
jóvenes bailaban los domingos: la primera proyección fue La reina de Montana.
Los veranos estaban bañados de agua fría, con numerosos chapuzones en el río,
con el agua gélida que bajaba de la montaña, y expediciones hasta el Miro
(1990 metros, el pico más alto de la zona) que ocupaban todo un día. Que
nadie diga nada, pero esta montaña acoge el pozo Txeiroso, producto de los
deshielos estivales, una auténtica maravilla de la Naturaleza que aún
persiste, quizá porque nadie sabe que está. El camino al Txeirorso está
trufado de arándanos, fruto muy sabroso típico de la zona.
Ahora bien, el verano siempre fue aliado del fuego, y las llamas han sido
parte del paisaje estival. Todos los hombres tenían obligación de extinguirlo.
Cuando era en el mismo pueblo, el retocar de las campanas de la iglesia
alertaba a todos. Si era en una pedanía cercana, la Guardia Civil pasaba y
ordenaba ir a ayudar en la extinción.
También era corriente la llegada de la Benemérita en época de fiestas
locales. Su llegada era andando, desde donde procediese, y el motivo era
registrar los bolsillos en busca de navajas y de pistolas.
Los jóvenes del pueblo se acercaban a las fiestas de los pueblos cercanos
a pie. Por ejemplo, las fiestas del valle de Fornela eran la recompensa a
toda la mañana cruzando montañas encadenadas. Una vez acabada la celebración,
la noche era la única compañía en el viaje de vuelta. Hoy, los automóviles y
la carretera reducen el esfuerzo.
La incomunicación venía por las grandes nevadas. A pesar de no poder salir
del pueblo, muchas veces sí que era posible salir de casa y jugar con trineos,
bolas de nieve...
Pero era duro estar incomunicados. Así, llegó un día la Guardia Civil, bien
equipada y atravesando quilómetros de nieve, para detener a un joven que no
se había presentado al servicio militar y que era considerado desertor. Sólo
era que no podía salir de allí.
Peor situación vivían en el valle de Fornela, que llegó a estar aislado
durante varios meses. Uno de los ocho pueblos que lo conforman, Faro, se
considera que aún hoy es el de más difícil acceso de todo el estado. El cabeza
de partido, Peranzanes, sólo tiene cuatro habitantes a lo largo del año. El
verano pasado, cuando todos los emigrantes regresan y, aprovechando que son
las fiestas patronales, se reencuentran con su pasado, el valle perdió el
fluído eléctrico durante más de 48 horas. Quizás el duro pasado curtió a
todos sus habitantes, ahora muchos de ellos gente destacada en grandes capitales.
El valle de Ancares, colindante con el de Fornela pero alejado de este en 20 quilómetros,
ha padecido más aún las consecuencias de la incomunicación. De hecho, todo
en Ancares se multiplica. La luz no llegó hasta entrados los años 80.
Por sus costumbres, los pueblos de este valle son renombrados continuamente
en los medios de comunicación. Han desarrollado un tipo de vivienda propia,
la palloza, de origen celta y que se ha adaptado a las condiciones climáticas
del entorno. Se trata de un recinto amplio en que conviven animales y personas.
Las paredes están hechas de piedras y de barro; el tejado está compuesto por
maderas recubiertas de paja. La palloza tiene la enorme ventaja que permite
a sus habitantes pasar las épocas de las grandes nevadas que tapan la vivienda
e impiden salir de ella.
Dentro de las pallozas las personas y los animales aguardan sin mayores
problemas. La incomunicación no se limita a ser con otras pedanías, sino que
lo es con todo lo que hay fuera de la casa. Su construcción se ha estancado
y sólo podemos ver aquellas que han sobrevivido. La poca gente que aún reside
en ellas, y que amablemente deja entrar a todo aquel que desee visitarlas,
ya dispone de agua y de luz. Aunque los avances han ido llegando y la
carretera comunica este valle con el resto de la civilización, no faltan las
ocasiones en que permanecen aislados. Es entonces cuando sus nombres nos
llegan a través de los medios de comunicación: "los pueblos leoneses de
Balouta y Suarbol, en el valle de Ancares, permanecen en estos momentos
incomunicados...".
El mundo ha cambiado notablemente en las últimas décadas. Estas tierras
del Bierzo por las que nos hemos paseado también han evolucionado. Hoy día, a un paso del
siglo XXI, podemos observar como aún hay gente a la cual le resulta usual
estar incomunicada porque siempre ha sido así. Quizá, en unos años, el
obstáculo del clima tampoco exista. Las típicas construcciones de pizarra
van sustituyendo la paja y la madera en los techos de Ancares. Pocas veces
las pallozas se cubren ahora de nieve.
Hoy las pallozas han acampado en Internet. Entre su primera construcción
y la llegada de la informática distan más de mil años. Que dentro de mil
años aún recordemos las pallozas, que no se pierdan en el recuerdo ellas ni
las costumbres de la gente que por allí ha vivido, es una tarea que debemos
llevar a cabo. No olvidemos el pasado.
Víctor Manuel Maceda López
Capítulo 1
Milagros y Hermelando
Algunos piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, otros prefieren el "carpe diem", pero sin duda no podemos dejar de lado lo que significan para nosotros nuestros antepasados. Sus costumbres y formas de afrontar la vida han servido para que rectificáramos en algunos casos, y en otros para seguir su ejemplo. Retrocediendo unos años, allá por el principio de los 30, seguro que encontramos algunos casos que nos sorprenderán e incluso nos conmoverán.
Si nos adentramos en la comarca de la Hoya de Buñol situada en el interior de la provincia de Valencia tropezaremos con dos pueblos cercanos entre sí, Macastre y Yátova. En este último vivía Hermelando, un mozo de catorce años. Su familia era como casi todas las de la región, agricultora, y tenía varios campos por los alrededores. En su espaciosa casa guardaban los utensilios para el trabajo, los animales que poseían y también el carro, imprescindible para la vida rural. Por esta razón el suelo y las paredes no estaban cubiertas por ningún tipo de azulejo, lo que hacía que la casa gozara de un frescor que en verano se agradecía mucho.
Como cada día, Hermelando se levantó temprano. Su madre ya había ordeñado a la cabra que tenían y la leche estaba preparada en un cazo junto a un pedazo de pan. El joven lo partió y después lo fue echando al cazo mezclando los trozos con la leche. Se podría decir que eran los cereales del momento. Al terminar agarró su cartera y se propuso dirigirse hacia la escuela. Iba a ser su último año de escolar, ya que sus padres lo necesitaban para colaborar en las faenas del campo. Cuando llegó casi todos los alumnos estaban ya en sus lugares. La mañana transcurrió muy alborotada gracias a la ingeniosa idea de un chaval que se le ocurrió soltar una lagartija dentro del aula. Esto enojó al maestro "Cadillo", ese era su mote, y decidió aplicar su castigo más típico y peculiar.
- ¡Venga, me habéis cansado!. Levantaos y salid del aula en fila de uno.
Era sorprendente, el maestro condujo a sus pupilos monte arriba hasta que llegaron a un campo de oliveras. Allí con voz enérgica se dirigió a ellos:
- ¡No nos moveremos de aquí si no veo limpio de piedras mi campo!
A dos kilómetros de Yátova estaba Macastre. Allí vivía Milagros, una jovencita de once años, bastante "guapeta" que procedía de buena familia. Por aquella época las elecciones estaban al caer y los candidatos intentaban ganarse la confianza de los votantes. El abuelo de Milagros tenía bastante interés en que la derecha manejara el rumbo del pueblo durante años. Para ello, cada semana montaba una mesa en la calle donde ofrecía merienda a los necesitados que acudían, y así podía ganarse su voto con mayor facilidad. Esto sin duda era mucho mejor que lo que hizo un pariente suyo, que al ver que su opción política lo tenía difícil le pegó una patada a la urna y mezcló todas las papeletas.
Pero Milagros era ajena a todo esto, ella era una joven que le gustaba sobre todo divertirse. Una de sus distracciones y también de sus amigas era empujar el coche del tío Casimiro. El coche no funcionaba, sin embargo lo conservaba como símbolo de superioridad. Una mañana decidió irse con él al río Magro y llamó a los niños y niñas del pueblo para que le empujaran. El camino de ida era cuesta abajo y el automóvil se deslizaba perfectamente. Pero a la vuelta los críos no podían con la subidas y el tío Casimiro tuvo que dejarlo allí. Fue una pena porque para Milagros empujar el coche siempre suponía risa y diversión.
Regresando a Yátova, como todos los sábados por la mañana Hermelando cogió el carro para ir a por harina al molino del tío Genaro. Él llevaba una saco de trigo y lo cambiaba por otro de harina, ese era el método. Después de comer nuestro protagonista y sus amigos decidieron bajar a Macastre a ver si podían pasar lo que quedaba de día con la pandilla de chicas del pueblo. Hermelando ya conocía a Milagros, pero esa tarde los dos hablaron más de lo que en ellos era habitual. Todos juntos propusieron ir a buscar a Juan para que tocase su acordeón y marcarse unos bailes en la plaza mayor del pueblo. Era el único que sabía tocar el instrumento y además como no estaban en verano no podían pedir ninguna gramola a los jóvenes que venían de Valencia a veranear. Los dos bailaron cogidos durante horas. La tarde no podía acabar así, y cuando el sol se ponía las dos pandillas acordaron organizar una cena. Se apresuraron en ir a comentárselo a sus padres y coger la cena de sus casas. La noche transcurrió perfecta, se divirtieron, algunos intimaron y a la una de la madrugada ya estaban todos en la cama. A partir de ese encuentro Hermelando y Milagros empezaron a festear.
Pasó el tiempo y los dos jóvenes seguían juntos. Durante tres días estuvo lloviendo y no se pudieron ver. Cuando la lluvia se alargaba tanto, a los mendigos les era imposible ganarse el pan trabajando, pero sabían a que casas acudir en busca de comida. Una de ellas era la de Milagros. Tocaban a su puerta pidiendo, y su madre le mandaba subir al último piso donde guardaban los alimentos para coger algunos y repartirlos a los que allí se encontraban. Siempre se arrepentía de no tomar más.
La lluvia cesó. Hermelando durante esos días había pensado que si tenía que bajar a Macastre con asiduidad necesitaba alguna forma más rápida y cómoda de hacerlo. Estuvo intentando convencer a su tío Alberto, que le tenía mucho aprecio y no le faltaba el dinero, para que le regalara una bicicleta.
- Tío necesito una bicicleta.
- ¿Y tú para qué quieres eso?
- Para poder ayudar mejor en las tareas de la casa- le decía el joven.
Al tío Alberto este razonamiento no le persuadió, sin embargo le hacía ilusión que su sobrino fuera si no el único, si uno de los pocos que tuviera una bicicleta en el pueblo. Así pues, al día siguiente viajó a Valencia y le compró uno de esos modelos de paseo de la marca BH. Ya veías a Hermelando con su nuevo "artefacto" pasear por todas las calles. No le costó aprender, ni tampoco enseñársela a sus amigos.
A la mañana siguiente y tras cumplir con el maestro "Cadillo", cogió su espléndida máquina y se lanzó por la cuesta que conducía a Macastre. Al llegar a los Cuatro Caminos (lugar donde cruza la carretera que lleva al pueblo de Milagros) se encontró con un enorme charco que cubría el camino de parte a parte. El chaval no se atrevía a pasar, entre otras cosas porque se había vestido de punta en blanco para la ocasión. Por suerte apareció Narciso, un joven de Macastre que andaba por allí paseando.
- ¡Coño una bicicleta! ¿Es tuya?
- Sí, me la trajeron ayer de Valencia. Lo que pasa es que no quiero cruzar el charco porque voy "mudaico" y no quiero ensuciarme- le dijo Hermelando.
- No te preocupes que esto lo arreglo yo- aseguró Narciso.
Y con este aire de heroicidad el chaval se "arremangó" los camales del pantalón y cogió la BH para pasarla al otro lado. Después volvió y indicó a Hermelando que subiera a caballito sobre sus espaldas. Lo hizo y lo llevó a través del agua hasta que lo pudo dejar en tierra firme.
Esta anécdota puedo asegurar que nunca la olvidaría nuestro joven de Yátova por lo que representó para él.
Capítulo 2
El verano
Llegó el verano y con él las perspectivas de ...
Noviembre 1997
Antonio Sanchis Vila
3ºC.
De la vieja escuela
El fútbol era, quizás, la única actividad con un sistema flexible. El cine de los sábados, las comidas, las clases, el estudio..., seguían un estricto control. Sin embargo el deporte de las grandes masas era practicado en uno de los colegios-modelo del viejo régimen con 'plena libertad'. Tan libre era el juego que incluso el valenciano (lengua prohibida) contaba con indulgencia superiora mientras se disputaba un encuentro.
Todas las mañanas el inspector otorgaba a su albedrío dos significativas chapas de cobre; una era la del valenciano, la otra la de las palabrotas. El alumno que recibía una chapa tenía la terrible misión de dar el citado cachivache al primer compañero que, o bien decía una expresión valenciana, o bien exclamaba una grosería lingüística. Éste, a su vez, tenía que repetir la misión con el resto de sus compañeros que cometieran el mismo error. De esta forma, al finalizar la jornada, el inspector 'limpiaba' a golpe de vara la palma de las manos de aquellos chicos que hubieran recibido alguna de las chapas durante el día.
Dice el refranero que "a cada palo su vela", en este caso sería "a cada chapa su palo". Claro que si mártires anónimos han habido toda la vida, este lo fue de todos sobradamente conocido: Sáez Sangabino. A este chico de corte rural no le importaba sacrificarse por sus compañeros, así que casi todas las noches él era el portador de las famosas chapas; porque si tenías alguna chapa y te querías librar de ella, dabas un empujón a Sangabino y éste respondía con un rotundo: "¡Ché collons!", así se llevaba siempre las dos chapitas.
Este personaje también protagonizó uno de los más memorables episodios escolares; un día cualquiera, a eso de las tres de la mañana, cien alumnos y un inspector dormían en una habitación cuando un terrible estruendo, como si del final del mundo se tratara, los despertó. Alguien encendió la luz y todos, muy asustados, comenzaron a examinar el techo y las paredes buscando el posible derribo, hasta que una voz dijo: "¡Ha sido un pedo de Sangabino!"...(y realmente lo fue).
Miles de los más respetables médicos, ingenieros o abogados de nuestra Comunidad vivieron su infancia y su adolescencia internos en colegios como el de La Concepción de Onteniente. Entre los alumnos sólo había hijos de una privilegiada burguesía, que buscaban en este tipo de centros la más estricta educación, aunque algunos no dieran el mejor ejemplo: un día, uno de esos alumnos, (hijo de un supuesto padre respetable), víctima de un enfado, atravesó andando la Sierra Calderona con el fin de volver al hogar materno, el padre, enterado de la fuga de su hijo, le esperó a las puertas de casa y cuando llegó el niño le arreó una bofetada y le dijo: "ahora te vuelves por donde has venido". Con la mejilla enrojecida tuvo que tragar con su rabia y volver de nuevo al centro.
Los chicos internos sólo podían recibir la visita de sus padres cada quince días. Estos alumnos esperaban con ilusión este día porque era costumbre recibir algún presente. Normalmente el regalo se reducía a un estupendo manjar: unas lonchas de jamón, alguna barra de chocolate, hasta un bizcocho casero. Uno de estos interinos recuerda el día en que le trajeron un radio galena; una misteriosa cajita de plástico, con unos extraños cables y unas rarísimas orejeras.
Recuerda como, después de que apagaran la luz y a escondidas, se colocaba los auriculares y escuchaba con dificultad música clásica, ópera o zarzuela hasta que cortaban la emisión a eso de las doce.
Cuando llegaba el final de curso todos los padres se reunían con los alumnos. Se preparaban para la ocasión algunas actividades al tiempo que se entregaba a los alumnos las calificaciones finales. En este ambiente tan elitista un desconocido alumno se subió a lo alto de una farola y comenzó a chillar: "¡Hijos de p---, sois todos unos hijos de p---, cabr----...!". Un silencio aterrador se apoderó del patio de La Concepción, imagínense la cara de aquellos alcaldes, médicos, industriales, terratenientes, etc, padres todos ellos de los estudiantes de La Concha (nombre afectivo con el que ya era conocido el colegio). Dos Hermanos del centro le hicieron bajar de aquel improvisado púlpito y nunca más se supo del individuo.
Cientos de anécdotas duermen entre los que alguna vez vivieron internos y externos en alguna de las escuelas cincuentenarias. La estricta educación, la disciplina casi militar y el radical catolicismo han forjado a una generación que nació en régimen y envejece en libertad. Es la generación de la copla radiofónica, el cine humeante de Bogart, la eclosión del rock, la liberación de la mujer, la huella lunar, Kennedy, el 68 francés, el Concorde, el 'La, la, la', el guateque...y la televisión.
David Ordiñana Bellver
Redacción Periodística III
17/Noviembre/1997
EL TIEMPO
El tiempo es un problema continuo. Voy a llegar tarde a la cita. Seguro que pierdo el tren. No me ha dado tiempo a hacer el trabajo que me mandaron hace tres semanas. Si hubiera tenido más tiempo para estudiar habría aprobado el examen. Siempre nos quejamos de la poca libertad que tenemos, a causa de lo mucho que tenemos que hacer en corto plazo.
Los segundos corren, los minutos pasan y las horas se consumen. ¿La velocidad de la vida ha sido siempre la misma en la historia del hombre?
El hombre cuando no tenía luz en su casa estaba pendiente de que la vela no se apagase. Ahora su preocupación es que la batería de su móvil no se agote y pueda hacer su transferencia bancaria.
Existe la lavadora, el despertador y la televisión. Antes los ríos, el canto del gallo y el pregón del alcalde. Ciertamente la vida ha cambiado de una forma notable.
La sociedad de hace casi medio siglo necesitaba mucho tiempo para lavar la ropa o enterarse de las noticias más inmediatas. Hoy en día el hombre tiene estos problemas y muchos más.
Esta revolución de la vida social tiene un claro culpable. La luz y su aplicación en la vida humana.
Todos los avances conducían al hombre a refugiarse en su casa. La lavadora hizo que no se fuera más a la fuente del pueblo a fregar. La televisión permitía conocer la información desde la butaca de casa.
Antes de la intromisión de la "caja tonta" en los hogares la gente salía más a pasear, la gente en definitiva vivía más. Algunos padres decían que no iban a comprar la televisión "porque se pasarían todo el día en casa".
La sociedad avanza, se desarrolla y dirige hacia la transformación del hombre en vegetal. El sofá se llena de raíces y los rayos catódicos completan la fotosíntesis.
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