ADIÓS A LA DRACMA

La pronta llegada del euro como pieza común de la Unión Europea cerrará un ciclo histórico de larga longitud de onda por el que hay que despedir, con todos los honores, a la dracma. Nacida con la Grecia clásica, fue origen y modelo de todas las monedas europeas. En Siracusa alcanzó una belleza jamás superada

El euro, la nueva moneda europea, está siendo acuñada en estos momentos en las cecas de cada uno de los países de la Unión Europea. El marco, el florín, el franco, el escudo, la corona, la lira, la peseta, convivirán a partir del uno de enero del 2002, con este nuevo sucesor, para verse después plenamente sustituidas. Una parte muy significativa de cada una de las historias nacionales cederá su protagonismo para, mas allá de las consecuencias prácticas que son muchísimas, asomarse a un horizonte de ciudadanía compartida, en una nueva etapa de gran significación para el destino común del continente.

Pocos elementos tan universales y tangibles como la moneda permiten remontarnos de manera directa a los tiempos en que se fraguó una concepción del sentido de la vida, la ciudad, el comercio, la libertad y el pensamiento que irradiados primero a Europa y después desde ella al resto del mundo fundamentan la sociedad que ahora compartimos. Por ello en el momento en que las monedas históricas van a ceder su sitio al euro, debería rendirse un especial homenaje a la dracma, heredera inmediata de aquella invención griega del siglo VII antes de Cristo que fue la primera moneda en suelo europeo en Egina y en Atenas y que luego en las colonias de la magna grecia (dracmas de sicilia, tarento, cartago, marsella, ampurias, sagunto, xátiva) y en las imitaciónes bárbaras serían también las primeras monedas en los territorios de los países que hoy configuran la Unión Europea.

No es menos destacable el constante influjo que por su belleza y simbología han proyectado a todo lo largo de la historia desde los grandes apasionados coleccionistas de la antigüedad (Ptolomeos, Mitrídates) o del imperio romano (Tiberio, Adriano) hasta el presente, pasando por toda la saga de los pontífices romanos, y las grandes figuras del Renacimiento como Donatello, Petrarca, Benvenuto Cellini, Alfonso V de Aragón, Maximiliano I de Austria, Juan duque de Berry, Leonardo da Vinci, Los Medici, Durero, y los creadores de los grandes museos y colecciones como la del British Museum, el Arqueológico Nacional de Madrid, el Museo Numismático de Atenas (creado a partir de la donación Zósimas) o el Museo Calouste-Gulbenkian de Lisboa.

El precedente de la moneda está en el intercambio directo de objetos y bienes de valor constante. Y aún se practicaba de manera generalizada y exclusiva a comienzos del siglo XX en Alaska (con pieles de castor) y en Islandia (con unidad de peso de pescado seco). En Egipto esas unidades de peso en barras de metal evolucionaron a la forma de anillos con uso mixto de peso y de valor. La moneda como metal portable, reseñado, nació en las colonias griegas de Asia Menor, concretamente en Lidia sobre el año 700 a JC, según Herodoto, como kryseis statere (o estáteras de Creso) lingote de oro o plata resellado con un punzón y la marca de medio león o toro. A punto estuvo de morir la moneda en su nacimiento, ya que el electron o mezcla de oro y plata, cada vez tenía menor proporción de oro y surgió la desconfianza. Fueron la isla de Egina, desde la que alcanza a verse el Partenón, y su vecina Atenas, las que primero acuñaron moneda en suelo de Europa. La primera identificándola con la tortuga marina y la segunda con la lechuza dedicada a Palas Atenea. Según la mitología, para la fundación de una ciudad competían los dioses. Poseidón les presentó como regalo la invención del caballo (con el que vencer las distancias y ganar las batallas) y la diosa de la inteligencia, Pala Atenea, el modesto fruto del olivo, cuyo aceite de lámpara significaba luz para la noche y tiempo para la sabiduría. Ellos primero eligieron el aceite (oleim protos) y el símbolo de la moneda fue la diosa y la lechuza. Y la ciudad no se llamó Poseidonia, sino Atenas.

La moneda como símbolo y el oportuno descubrimiento de las minas de plata de Laurion que permitió acuñar ingentes cantidades, contribuyeron de manera directa al esplendor ateniense y a su prestigio "internacional". Todas las colonias de la magna Grecia, de uno a otro confín del mundo civilizado por la koiné e incluso los bárbaros imitaron, el modelo, convirtiéndolo la moneda, a la vez, en instrumento de comercio y de propaganda. Y en punto a perfección y belleza, algunas ciudades fueron capaces de igualar o superar a la madre patria con belleza insuperable en algunas piezas como las dracmas y sus múltiplos de Thurium (Sybaris) Paestum (Velia) Agrigentum (Akragas) Tarento (Taras) o Siracusa (Syrakosion). Puestos a localizar la moneda más bella de todos los tiempos, es convicción general de los numismáticos, que es la pieza de diez dracmas firmada por Kimón en Siracusa, la más perfecta de las cuales puede contemplarse en la actualidad en el Museo Calouste-Gulbenkian de Lisboa. Sea para ella el homenaje del euro.



DE LA DRACMA AL EURO, EN LA RED

Pagina oficial del euro: http://www.consumo-inc.es/euro/

Historia hasta el Euro: http://www.consumo-inc.es/euro/eurohistoria.htm

La Decadracma en Afinsa: http://www.afinsa.com/cronicf3/cnuoct00/sira2.htm

Museo Calouste Gulbenkian:http://www.gulbenkian.pt/indexa.html

La colección del Museo Británico:http://www.thebritishmuseum.ac.uk/coins/

La colección de Atenas:http://www.archaeology.org/0005/etc/museum2.html

Madrid, Colección del Arqueológico:www.man.es/

Madrid, Casa de la Moneda:http://www.fnmt.es/esp/museo/


José Manuel Gironés
giro@union-web.com